viernes, 19 de junio de 2020
A Doll´s House - by Manuela Tapia
Video realizado por Manuela Tapia, protagonizado por una muñeca de Lulú.
jueves, 18 de junio de 2015
My Grandmother’s Doll - by Felipe Tapia
Everyone has a treasure, whether it’s sentimental or valuable, a memory or a huge rich portrait of your grandfather. A treasure could be anything from a piano to a harmonica, from a grain of sand to a gold mine. Maybe the treasure costs five dollars or maybe it costs thousands of dollars. My treasure? It may seem unusual because I am a boy, but my treasure is a doll.
This doll isn’t like the other ones : it looks like a chef, but it isn’t what you think it is. In his round dark eyes, you can see your future; in his melancholic smile you can hear his thoughts; in his tiny soft hands you can feel his call; and, maybe, if he trusts you, he will tell you his story:
“I was born in the old hands of your grandmother,” he said to me. “She made me with stuffing like clouds of cotton that she wrapped with a skin-toned body made with wool attached with some magical thread. She also made my hair with dirt-tone yarn like worms and an unwashed apron the color of snow. When she finished me, she put me on a shelf with other dolls like me. I remained motionless and quiet for month, or years, I don’t really know. I saw her pass me several times, each time slower. One day I didn’t see her pass me. So I understood that she was very sick and she had to stay in bed. Then, another day, you came. She was happy to see you again because the last time she saw you, you were only a little kid. So she took me with her soft trembling hands, and she gave me to you. When we left her house, I was really sad because I knew that I would not see her again for a long time. I wanted to cry but I could not. So I tried to convince myself that you might not be a bad person. So I came with you to France. In this new country I thought that all would be different, you would not leave me alone and you would, play with me, but I was wrong. You stored me in a box and forgot me. All was dark and quiet in this box for long time. Then, one day, you opened my silent prison and took me with your big hands. You looked sad and tears were streaming down your cheeks. So I understood that your grandmother and my creator passed away.”
This is my treasure: the sweet memory of my grandmother giving to me this doll. I will never forget her because now, this doll is always next to my bed. I learned that things become valuable to you only at critical moments and are never precious only by their monetary value.
martes, 16 de junio de 2015
La Corrida de toros
Amira
se había criado entre toros. Su padre era ganadero y criaba toros de lidia.
Sus primeros pasos la llevaron a los
corrales de los bravos animales. Gozaba observándolos. Aprendió el arte de la
tauromaquia antes que a escribir. A medida que crecía, cada vez más
entusiasmada con el toreo, practicaba continuamente con animales pequeños. Los
peones del campo, admirados de la facilidad y valentía que demostraba, no
dejaban de estimularla y enseñarle todo lo que sabían del tema. Serpentinas,
revoleras, verónicas, pases de pecho, todo lo que les veía hacer lo imitaba con
facilidad. Don Manuel, su padre, estaba orgulloso de ella.” Lástima que no sea
varón. Sería un magnífico torero”- solía comentar.
En su
pequeño pueblo blanco no podía faltar la plaza de toros. Todos los domingos,
con su padre, iba a ver las corridas. No soportaba que hirieran o mataran
toros; se tapaba furiosa los ojos si herían a algún caballo, disfrutaba el
espectáculo de música, de color, de coraje, pero odiaba los momentos
sangrientos. ¿No podría demostrarse el
valor y la destreza sin crueldad? Fue creciendo, concurrió a la escuela del
pueblo, pero la pasión por el toreo se iba adentrando más y más en ella.
Con
hermosos dieciocho años en su poder pidió a su padre que le permitiera aprender el arte del toreo.”¡Ni pesarlo! ¿Dónde se ha visto que una niña sea torero?”
Amira
estaba consternada. Tenía que aprender a la perfección. Algún día la aclamarían
en "Las Ventas" de Madrid. Sería torero.
Así, a
escondidas de su padre, con la complicidad de algunos de los mozos, fue
adquiriendo experiencia, seguridad, coraje. Ellos la admiraban. Comentaban la
facilidad con que manejaba a los animales, su valor, su tenacidad. “Si fuera
hombre estaría entre los mejores”,”Lo que se pierden por no dejarla ir a Madrid”,” Tendríamos que
ayudarla para que toree aunque sea en el pueblo” - decían entre ellos.
En la
pequeña plaza de toros solía haber espectáculos de toreo cómico en días de
fiestas populares o becerradas con animales jóvenes y menos peligrosos. Amira
vivía pensando cómo podría lograr torear, aunque fuera un sólo día en esa plaza.
“Si me vieran torear, seguro que
quedarían conformes”.
Se
aproximaba la fiesta del patrón del pueblo, “San Nicasio”. Como todos los años,
el cura visitó a su padre para pedirle colaboración. Y como todos los años Don
Manuel prometió darle algún animal para la becerrada. El cura se retiró
contento y Amira vio su oportunidad. Sabía que el personal de la finca la
ayudaría: sobre todo Javier, incondicional, enamoradísimo de ella.
En un plácido atardecer, Javier la vio
venir. Pensó que, como siempre, desearía torear un rato. Pero no. Esta vez (¡Oh milagro!), no quería torear. Pretendía hacerlo cómplice de algo que podía
significar perder el trabajo en la finca. “Tú sabes que son todos unos
´tapados´. Basta que me ayudes a montar el espectáculo. Yo me hago cargo de lo
que pueda suceder. Me van a mirar más a mí que al toro ¿O no?
Y Javier transó. Se estremecía solamente al pensar en la fiesta que Amira
preparaba. La concurrencia era casi toda masculina. Las mujeres no eran tan
fanáticas por las corridas. El alcalde presidía
generalmente los espectáculos y el señor cura, a su lado, quedaba ronco
de tanto gritar ¡Oooooole! ¡Oooooole! y más ¡Ooooole!. Nunca había toreado una
mujer. “Se escandalizarán”- pensaba Javier.
En cambio, Amira, conocía bien a sus
coterráneos, muy “santos” en apariencia, pero incapaces de perder de vista a
una mujer bien formada o seguirla hasta agotar la seguidilla de piropos que
conocían. Con harta frecuencia sus oídos quedaban cansados de escuchar a los hombres de su pueblo la
“caliente” admiración que le profesaban y más de un bofetón paró el paso del piropo, de la boca a las manos, de algún
admirador más atrevido.
En
los días que faltaba para el festejo del santo, Amira no volvió a los corrales.
Encerrada en su habitación cosía y hablaba por teléfono. Su primer “traje de
luces” debía llamar la atención a toda esa multitud de “babosos”. Estaba
convencida que podía ganarse el favor del público con lo bien que toreaba,
justamente siendo mujer...
La mañana del festejo se presentó
inigualable, ni una nube en el intenso azul, las casas más blancas que nunca,
los geranios luciendo en sus macetas que, tras las rejas, decoraban los
balcones.
Desayunó cantando y bailando.
-
Oye
tú – dijo el padre-¿A qué viene tanta alegría?
-
Hombre
¿qué no se puede cantar en esta tierra?
-
¿Vendrás
a la corrida?
-
¡Ya
lo creo! ¡No me la perdería por nada! Pero no me esperes. Voy con un grupo de
amigos.
Salió de la casa con un paquete bajo el brazo. Cantando bajito se fue a casa de una amiga. Las estrechas callejuelas del pueblo desbordaban de gente. Todos en la calle, comiendo rosquillas que enhebradas como collares derramaban almíbar. Se vendían en los kioscos armados desde temprano, alrededor de la iglesia.
Las
corridas que se hacían en estos festejos no llamaban mucho la atención. Los
toreros solían ser principiantes, los animales no muy grandes, los
estremecimientos que producían resultaban pocos. Sin embargo, esta vez corrían
comentarios sobre un torero excepcional que intervendría en la fiesta. Se
hablaba de varios matadores conocidos en el ambiente, se decía que uno de ellos
era amigo del cura y que se había ofrecido a intervenir en los festejos. Todo
era suposiciones, todos hablaban, todos inventaban, pero ninguno sabía la
verdad.
Como
si todo concurriese para apoyar la
incertidumbre, la imprenta del pueblo se había estropeado y no habían
programas.
“No importa - pensó el señor cura cuando entró en la plaza – que sea lo que Dios quiera, que por lo visto me quiere bien... ¡Nunca he visto esto tan lleno de gente! La recaudación me va a permitir hacer buenos arreglos en la iglesia. Hay que creer o reventar, no me dan ni un céntimo cuando lo pido desde el púlpito y aquí dan hasta lo que no tienen...”
“No importa - pensó el señor cura cuando entró en la plaza – que sea lo que Dios quiera, que por lo visto me quiere bien... ¡Nunca he visto esto tan lleno de gente! La recaudación me va a permitir hacer buenos arreglos en la iglesia. Hay que creer o reventar, no me dan ni un céntimo cuando lo pido desde el púlpito y aquí dan hasta lo que no tienen...”
A las
cinco en punto de la tarde hizo su entrada el señor Alcalde. Se instaló en el
palco. No acababa de tomar asiento junto al señor cura cuando Javier se le
acercó y le dijo algo al oído. Una gran sonrisa apareció en el rostro del
alcalde que hizo un gesto de afirmación con la cabeza.
Las
primeras corridas fueron tan pobres como las que veían cada año: los toreros
poco hábiles, los becerros para principiantes, de emoción: ¡nada!
Pero
todo llega.¡Por fin llegó!
El alcalde se paró. Con gesto casi
teatral colocó el pañuelo blanco sobre la baranda. Sonaron clarines y timbales.
El público, renovadas las esperanzas de un buen espectáculo, aplaudía y
gritaba. Comenzó el paseíllo. Se abrió la puerta grande, los alguacilillos se
dirigieron hasta el palco principal y destocándose solicitaron permiso para
iniciar el espectáculo. El público rugió de alegría. Comenzó el desfile:
banderilleros, picadores, monosabios, areneros y un tiro de mulitas cerrándolo.
Como si estuvieran presenciando la corrida en “Las Ventas”, en Madrid.
Disfrutaban del espectáculo, pero ¿y el torero? Ya estaban pensando que todo
había sido un truco publicitario y que nada de particular había cambiado. En
ese momento apareció Amina. Un escalofrío corrió por la plaza. Los músicos
siguieron tocando tan distraídos que ni miraban sus partituras: sólo tenían
ojos para la maravilla que ingresaba en
la arena.
Vestida
de odalisca. El torso escasamente cubierto por un bolero con brillantes y coloridas piedras, amplios pantalones de
gasa trasparente, ajustados en los tobillos, adornados con numerosas pulseras,
bien bajos de talle; coloridas babuchas en los pies. Su larga melena negra y
ondeada, flotaba en el aire con bien estudiados movimientos; los ojos
maquillados como para que los vieran desde muy lejos. Y así, ante la sorpresa
general, con una sensual e increíble danza del vientre fue adelantándose
cadenciosamente hasta el palco donde el Acalde, desorbitado ante la belleza de
la muchacha no atinó a reconocer en ella a la hija de Don Manuel. Éste, en
cambio, la reconoció inmediatamente. Casi tiene un infarto, pero resistió. El
mozo de espadas se acercó a Amira y le entregó la capa. El Alcalde puso
nuevamente el pañuelo blanco sobre la baranda del palco y sonrió amablemente a
Amira autorizando la salida del toro.
La
puerta del toril se abrió. Un tremendo toro, de casi quinientos kilos salió
bufando a correr alrededor del ruedo. Un “uuuuuuuuuuuuuu” sostenido recorrió la
plaza.
Don
Manuel se agarró la cabeza. Ese no era el becerro que había indicado llevar.
Ese era el más peligroso y fuerte de sus toros. Un ejemplar único que no quería
ver muerto. Resignado, furioso, no tenía otro
remedio que soportar el desarrollo de la lidia.
Ya, en
el primer tercio empezó a disfrutar: ¡Esa era su hija! ¡Qué maestra! El público
rugía. Amira bailaba, no toreaba. El toro parecía querer complacerla. Como si
supiera lo que querían hacerle los picadores les hacía frente violentamente y
escapaba antes que lo hirieran. Los peones hacían volar sus capotes, el toro
corría, embestía, daba espectáculo. Los picadores recibieron la orden de
retirarse. Y allí comenzó el tercio de banderillas. Amira había sido previsora.
¡De sangre nada! Las banderillas adhirieron al cuerpo del animal sin producirle
daño. Y comenzó el juego. El toro estaba acostumbrado a las prácticas de Amira.
La muchacha bailaba a su alrededor, con tal maestría, con tal cadencia, con
tanta perfección en el uso de la capa que, el público gritaba enardecido. El
toro actuaba como si pudiera cornear en cualquier momento. Sus embestidas eran
fiestas para el público cuyos ¡Ole! ya salían roncos de gargantas que no
paraban de gritar. Y llegó la muleta. El
silencio cundió en la plaza. Don Manuel, pálido, rezó; el señor cura
rezó también pero para que le perdonaran haber mirado a la niña más que al
toro; el alcalde, recordando lo que le había dicho Javier se imaginaba en
primera plana de un importante diario de
Madrid, presentado como avanzado y renovador alcalde que no hacía
discriminaciones.
Amira
completó el espectáculo con maestría y destreza. Cuando, supuestamente, debía
matar al toro, remató el espectáculo a su manera. Parada frente al tremendo
animal, apoyo la espada en el testuz. Ambos inmóviles, se desafiaban con la
mirada. La gente temblaba. De repente, lo imprevisto. Con tremenda agilidad
Amira pegó un salto y se sentó sobre el lomo del animal y lo condujo frente al
palco. El toro dobló sus patas delanteras: Amira descendió triunfante. Había
toreado en una plaza. No había matado al toro. Le acarició el testuz y sacando de su bolero un pañuelo azul se lo
colocó al toro en el aro que tenía en una de sus orejas.
Misión
cumplida. Tuvieron que sacarla con la Guardia Civil porque más de uno quería conocerla
de cerca. El ABC de Madrid publicó en
primera página la foto de Amira, con su enloquecedor “traje de luces”
efectuando una verónica que sacaba el juicio hasta al toro. En el artículo que
comentaba el evento el Alcalde leyó con satisfacción que los “popes” de la tauromaquia
lo consideraban “inteligente y progresista”.
¡Todos contentos! ¡A festejar! ¡Hay chocolate con churros!
¡Todos contentos! ¡A festejar! ¡Hay chocolate con churros!
martes, 23 de septiembre de 2014
Regreso
Ese día volvió de su trabajo más cansada que de costumbre. Cada día cuando iniciaba sus tareas sabía del esfuerzo que le significaban. No habían pasado los años en vano, cuando no dolían los huesos, dolía cualquier otra cosa. Pero esa noche era diferente. Sentía cansada el alma.
Se acostó siguiendo las rutinas de siempre, la ropa ordenada para el nuevo día, la higiene habitual, ver un poco de televisión esperando quedar dormida, también como de costumbre, con el aparato prendido.
Esa noche apareció por primera vez en su sueño. Al despertar seguía estando presente. Lo recordaba tan real como si lo hubiera conocido en la vida misma. ¿Era la vida sueño o el sueño era la vida?
Lo vio en la vereda, pobremente envuelto. Se acercó para cerciorarse que era un niño. Si, parecía recién nacido. Lo levantó con cuidado. Era hermoso. Le sonreía. Hizo con sus brazos una cuna y lo miró con ternura. En su pequeño rostro creyó ver el rostro de sus hijos.
Desde esa primera noche en que lo conoció, la siguió acompañando. Casi sin excepción aparecía en su sueño, sonriente, silencioso, estirando hacia ella sus pequeños brazos esperando sentir su calor y su afecto.
Si alguna noche no soñaba con él, al despertar se preguntaba si seguiría existiendo…Durante las noches su presencia era casi constante. Lo necesitaba, formaba parte de su vida. Pequeño desconocido por el que sentía la extraña obligación de cuidarlo, quererlo, tener la certeza de que no sufría, que nadie le hacía daño…
Sus hijos eran adultos y los nietos no la necesitaban. Pero, por la noche, consciente de lo irreal, esperaba a ese niño que no reconocía su vejez y que agradecía sonriente su cariño.
Finalmente aceptó su existencia en ese mundo donde el absurdo y lo real se mezclaban impunemente, donde podía acariciar a un ser que extendía sus brazos y también le ofrecía su amor.
Era casi un pacto. Yo estoy, tú estás. Pacto en silencio. Solo presencia.
Una noche se produjo el milagro. El niño habló: - No te preocupes más por mí. Estaré siempre contigo…
En el mismo instante un vagido le anunció que nacía.
Y ella se escondió en un rincón del pequeño cerebro, para acompañarlo cuando él tuviera cansada el alma.
lunes, 23 de septiembre de 2013
El balcón de Julieta
Julieta estaba furiosa. Ya no aguantaba más. Se había cansado de esperar que Romeo subiera a su balcón y la raptara. El joven intentó trepar por las largas y rubias trenzas de su amada y casi la deja pelada. Había probado llegar, varias veces, con alguna escalera que traía quien sabe de donde, pero don Montesco siempre lo pescaba y empujando la escala lo devolvía a tierra. En otras ocasiones, como novia amorosa, había anudado la sábana para que se agarrara a los nudos y alcanzara su meta. Tampoco. El ama de llaves del palacio se daba cuenta y debía planchar cuidadosamente las duras sábanas de hilo con una pesada plancha llena de carbón caliente. Era demasiado...
Julieta blandía, en esos momentos, un pico y más que enojada golpeaba su precioso balcón, destruyéndolo concienzudamente. Trozos de mampostería caían ruidosamente a la calle ¡POM! ¡POM!...
Pasó un paje. Miró hacia el primer piso donde Julieta descargaba su rabia y preguntó: - ¿Qué te pasa Julieta? ¿Por qué rompes tu lindo balcón?
- ¿Y a ti que te importa ?
- ¡Qué delicada estás hoy!
Julieta no estaba de humor para aguantar al paje. Tomó una maceta con geranios y se la tiró. Tuvo buena puntería. El paje se desmayó porque la maceta le dio en plena cabeza. De su gorro de terciopelo azul salieron pajaritos y estrellas.
Pasó un nene con una jaula y se llevó los pajaritos. Pasó una nena con un chupetín bien húmedo y pegoteó una estrella. Siguió su camino chupándolo pero escupió la estrella pronto. Tenía demasiado gusto metálico.
Pasó una vieja con una canasta llena de alimentos. Miró hacia arriba y preguntó dulcemente a Julieta:
-¿Quieres una manzana?
Julieta miró la manzana que le ofrecía.
–No me gustan las verdes. Cómasela usted - Y siguió con su demolición.
La vieja no cejó en su afán de darle algo a la dulce niña.
-Tengo higos... ¿ Te gustan? Julieta no le contestó. Todavía había otra maceta en el balcón. Esta tenía pensamientos. No lo pensó dos veces. Con puntería digna de una princesa le acertó la maceta en el cráneo. La vieja cayó sentada sobre los huevos que llevaba en la canasta. Vacilante se retiró con la tortilla incrustada en el trasero. Si no fuera por lo enojada que estaba Julieta casi se ríe.
Su padre venía hacia el palacio. Lo vio venir pero no le importó. Estaba decidida a terminar con el famoso balcón. Montesco no podía creer lo que veía.
-¿Te volviste loca, hijita mía?
- Julieta respondió a los gritos: - ¡Qué hijita ni hijita! ¡ Ya me cansé!... Sal de ahí o algún cascote te va a dar dolor de cabeza.
- Ni lo pienses – respondió el padre-. ¡ Ahora subo y la que vas a recibir una buena tunda vas a ser tú !
-Ja... ja... - contestó la niña.
Tomando una de las pesadas cortinas la arrancó y la hizo volar. Era una maestra en la puntería. El pobre Montesco quedó tapado por la cortina y sus movimientos lo asemejaban a un fantasma.
Se arrimaba una procesión. Al ver al fantasma, se detuvieron inmediatamente, le arrojaron agua bendita y lo ataron para llevarlo hasta el templo y exorcizarlo. De nada sirvieron los gritos de Montesco que decía:
- ¡Soy yo! ¡Soy yo!...
- Todos somos yo - le dijo un bufón que pasaba. Miró el balcón y preguntó - ¿Necesitas ayuda, linda?
Julieta ni se molestó en contestarle. Quería aprovechar el tiempo y la estaban interrumpiendo demasiado. Siguió con su ¡POM! ¡POM!
Finalmente cumplió su objetivo. Del balcón no quedaba nada. Muy tranquila se cortó las trenzas que cayeron sobre Romeo justo cuando llegaba. Julieta lo vio, lo saludó amigablemente. Le tiró un paquete de sábanas que ya no anudaría ni tendría que planchar y entonando una dulce melodía le hizo saber a Romeo que podía usarlas para lo que le diera la gana.
Se puso un vestido negro, se tapó el rostro con un velo del mismo color y resuelta se dirigió al convento mas próximo. Así hacían entonces las viudas y las que sabían que no se iban a casar. Se abrió el torno. Una voz preguntó: -¿Qué deseas?
- Entrar – contestó Julieta – No me quiero suicidar...
La puerta se abrió lentamente. Julieta entró contenta. No había que esperar más a ese novio tonto, ni al fin de la historia que le habían contado. El día que quisiera salir del convento ya encontraría otro balcón para romper.
Así fue como Julieta se salvó de suicidarse y... Colorín, colorado este cuento de media noche ha terminado.
Rosalinda, dulce niña
Rosalinda estaba aburrida. Terriblemente aburrida. Con los codos apoyados en una de las almenas de las torres del castillo miraba, casi sin ver, al pequeño pueblo amurallado, derramado en la ladera como lava del volcán que saliera del castillo. –“Estoy harta de vivir encerrada aquí, de escuchar a mi profesor contarme tonterías todos los días, viejo ignorante....si supiera las cosas que averigüé por mi cuenta, podría ponerlo amarillo de vergüenza. Y mi madre que debe tener callos en las rodillas de tanto rezar en la capilla. ¿Qué le pedirá a Dios, con tanta insistencia?”
En el horizonte una polvareda anunció que se acercaba un carruaje.
-“Algo es algo”-pensó Rosalinda. Vio cómo entraba al pueblo y subía en
dirección al castillo. No sabía que esperaban visitas. Bajó corriendo a sus
aposentos. Se sacó el incómodo sombrero cónico cuyo largo tul, que salía del
vértice, le impedía desplazarse con facilidad entre muebles y adornos, de los
cuales había roto algunos gracias al incómodo artefacto. Ya libre, corrió al
salón donde su padre recibía a las visitas. Los pesados cortinados de una de
las ventanas fueron, como tantas otras
veces, el escondite perfecto desde el cual escuchaba y espiaba lo que su padre
hacía. Él sí que era un maestro: diplomacia, política, furia, venganzas,
diversiones varias con el personal
femenino del castillo; materias que día a día, enriquecían su imaginación y la
capacitaban para ejercer el poder en un futuro. Sería como él, seguro.
No tardó mucho en abrirse la puerta. Desde su escondite vio quiénes
eran: el vecino del castillo de la montaña próxima... ¡ y su encantador hijo!
- ¡Está bueno mi vecinito! - pensó la dulce niña.
Sin perder de vista al muchacho escuchó los motivos de la visita.
-
Sois mi última posibilidad. Clodomiro debe casarse, pero nadie le viene bien.
Ya me tiene harto. Ha conocido a todas las niñas con alcurnia, de los feudos
vecinos: que si esta es gorda, que si esta es flaca, que si esta no sabe leer,
que si esta no sabe cocinar, que si esta esto, que si esta aquello... Estoy perdiendo la paciencia... Sé que tenéis
una hija, que los rumores dicen que es
bella e inteligente. ¿Podríais hacernos el favor de presentarla?
Detrás de la cortina Rosalinda
reventaba de rabia. ¡A un bomboncito como Clodomiro esperaron al final para
presentárselo!
Su orgullo estaba profundamente
herido, pero era un candidato demasiado
bueno para perderlo.
La suerte no parecía estar de su lado
ese día. Una rata apareció en el escondite y comenzó a oler los zapatos de
Rosalinda. Trató de ahuyentarla con
ligeros movimientos del pie, pero la fragancia que estos despedían atraía
poderosamente al vil roedor. No aguantó más. Tomó al animal por la cola, lo
revoleó con fuerza y lo estrelló contra el vidrio que estalló en mil pedazos.
Con el giro para despedir a la rata y los cristales que saltaban para todos
lados también ella salió bruscamente de atrás de la cortina. Parada frente a los tres caballeros, sin
amilanarse, hizo una profunda reverencia y sonriendo al joven le dijo:
- Buenos días, Clodomiro. Siento
conocerte tan tarde. Si no hubiera tenido que reventar a una rata,
probablemente no hubiera salido de mi escondite, pero mira...
Con gesto pícaro se levantó la pollera
mostrando impúdicamente los tobillos y continuó:
- ¡Le gustaron mis zapatos!
- ¡Rosalinda! – tronó el
padre.
Con una sonrisa dulce y tímida lo miró y melosamente dijo:
- ¡Oh! Perdón... Me olvidé
de saludar al caballero.
Con
otra profunda reverencia se inclinó ante el vecino mientras levantaba algo más
su cándida pollera en la dirección de Clodomiro.
- ¿Qué hacías detrás de la
cortina? -volvió a tronar su padre.
- Quería daros una sorpresa. No sabía que
esperabais a estos distinguidos caballeros.
Sonrió divertida al joven, que le respondió con otra sonrisa.
- ¿Qué sorpresa ?
- Son cosas privadas...
- ¡Rosalinda!
Esta vez la
suerte estuvo de su lado. Recordó que en el bolsillo de su pollera había
guardado un pañuelo, lleno de puntillas y bordados, que su padre había regalado
a una doncella, después de las “finas”
atenciones que esta le había brindado y que Rosalinda había observado con profunda atención. Lo sacó y agitándolo
frente a él, sonriendo con desparpajo, contestó:
- Si vos lo ordenáis, puedo contarlo
ahora...
El señor conde se puso blanco. A
continuación sus ojos se inyectaron de sangre y ya estaba por agarrar del
cuello a la atrevida cuando esta, tomando de la mano a Clodomiro, le pidió que
la acompañara a recorrer el jardín del castillo.
Entonces
intervino el feudal vecino:
- Clodomiro. ¡Te quedas aquí!
- Pero, señor – terció Rosalinda - ¿ No soy, acaso, la última
posibilidad?
Arrastrando al joven salió del amplio
salón mientras cantaba una canción
popular que no figuraba entre las aburridas que tocaba en el arpa.
El conde y el señor feudal se quedaron
unos minutos en silencio.
- Si no hubiérais venido acá como última posibilidad...
- Si
no os hubieran mostrado ese pañuelo... pero acá, entre nosotros; ahora que
vuestra dulce hija se ha retirado, contad... contad la historia del
pañuelo.
Mientras
los caballeros se confesaban, Rosalinda le aclaraba al vecinito que no sabía
coser, que no sabía bordar, pero que sabía abrir muy bien la puerta para ir a
jugar...
Clodomiro le prometió ponerle todas
las doncellas que necesitara para esas cosas que no le importaban, salvo lo de
la puerta... A lo cual Rosalinda le prometió que iría a jugar cuantas veces se
lo pidiera. Eso sí, si le encontraba un pañuelo perfumado, le cortaba la
cabeza.
El casamiento fue un éxito. Rosalinda
nunca encontró pañuelos perfumados, tampoco cocinó, planchó, ni se ocupó de seguir estudiando con su pesado
profesor. El arpa durmió “ del salón en un ángulo oscuro” y la mamá de la
condesita habló muy seriamente con ella antes de la boda. Después de la charla
se le fueron las callos de las rodillas porque ella también aprendió a jugar.
Y
colorín, colorado, este cuento ha terminado.
Abrigando al perro
Por
muchos años Elena tejió para toda la familia. En todo momento, en los lugares
más insólitos y, como no podía ser de otra forma, mientras manejaba la camioneta. El tejido,
sobre sus rodillas, la acompañaba mientras traía y llevaba chicos de diversas
escuelas. Cada vez que se detenía en un semáforo o esperaba que recibieran a
alguno de sus pequeños clientes, el tejido era tomado rápidamente y aunque
fuera poco seguía creciendo. Así, año tras año. Primero fueron tejidos para sus
hijos; después, para sus nietos. Ya, con más de setenta años a cuestas y
siempre manejando su trasporte escolar, comenzó a notar que lo que tejía no
gustaba a quienes recibían lo que tanto tiempo le llevaba realizar. Su
desilusión llegó al punto máximo cuando, a los pocos días de haberle entregado
un chaleco a su nieta de quince años, supo que lo había regalado.
-“¡Nunca más les tejo nada!... Se acabó. Si no les
gusta lo que tejo, no me molestaré más en hacerlo”.
No era fácil romper un hábito de casi
toda la vida. Le faltaba algo entre las manos; se sentía extraña sin la madeja
de lana y las agujas de tejer siempre a su lado; las esperas en los semáforos
le resultaba eternas. Llegaba el invierno y no había tejido nada. Casi
experimentaba culpa.
Algo vino a sacarla de esa situación
incómoda. A su hijo menor le acababan de regalar un cachorro. El muchacho vivía
en el interior y el frío se hacía sentir ¿Qué mejor que pedirle a la madre que
le tejiera un suéter al perrito? Aceptó
encantada. Sin embargo no iba a ser tan fácil. Ese día compró, entusiasmada, la
lana que consideró necesaria; eligió colores que combinaran con el pelaje del
animal, calculó - sin el perro - las medidas que debía tener. Tejió, con la
mayor celeridad posible su primer modelo canino: mangas para las patas
delanteras, largo suficiente en el cuerpo para que lo abrigara bien. Como sobró
lana, tejió también un gorro para el
hijo, haciendo juego con el saco del perro. Así, cuando lo sacase a pasear,
estarían los dos con abrigos similares.
Contenta, orgullosa de su trabajo, se
fue a ver al hijo antes de que regresara a su casa. Comenzaron los problemas.
Le probó el saco al cachorro. No le había pasado por la cabeza que las patas
delanteras no salían del tórax en la misma posición que en los seres humanos.
Tendría que arreglar ese detalle.
Mientras observaba con disgusto su
equivocación, el perro se orinó. Segunda sorpresa: no había pensado en dejar
destapadas las partes necesarias. Con rabia le sacó el suéter al cachorro. Su
hijo miraba la prueba. Comenzó a reírse.
- Pero, vieja, ¿Cómo no te fijaste que era macho? Va a necesitar
pañales cada vez que le ponga el abrigo.¿También le tejiste un gorro?
- No. El gorro lo hice para vos.
El hijo tomó el gorro, lo miró por todas partes, lo dejó sobre la silla.
- Vieja, vos me estás jodiendo ¿En serio pensás que puedo salir con el
mismo disfraz que el perro?
- ¿Qué tiene de malo?
- Mirá. Si llego a sacar a
pasear al perro con este gorro no te puedo explicar lo que me puede pasar.
-¡Ah! ¿Si? ¿Qué te puede pasar, si se puede saber?
- Y... Según las ganas de divertirse que tengan los muchachos.
La madre no entendió, pero - por si acaso- no
preguntó nada más. En el camino de regreso hasta su casa fue mirando a la gente
que caminaba por las calles. Buscaba algún “paseador de perros”. Tenía la
esperanza de que en alguno de los grupos de animales que sacaban a pasear, tan variados en razas y tamaños
hubiera alguno parecido al cachorro de su hijo. Por fin vio a un hombre que
paseaba varios perros. Aceleró la marcha, estacionó mal la camioneta para
adelantarse al perrero, se bajó y resuelta se dirigió a él.
-¿Qué lindos perros?
Este especialmente. ¿Qué edad tiene?
El perrero la miró con
desconfianza -“¿De dónde habrá salido esta vieja?”- se preguntó.
Elena siguió mirando
detenidamente todos los animales. No había ninguno que fuera del tamaño del de
su hijo. Y, bueno, seguiría buscando.
A lo lejos vio a un muchacho que arrastraba
una buena cantidad de animales. Justo donde iba a estacionar se le adelantó
otro coche y tuvo que seguir. El perrero dio vuelta a la esquina y lo perdió de vista. Dio una
vuelta a la manzana esperando encontrarlo. Nada, se lo había tragado la tierra.
Enojada por los inconvenientes, en el momento en que los semáforos le daban
paso, lo vio salir de una casa de departamentos. No podía girar hacia ese lado.
Otra vuelta a la manzana. ¡Ahora sí! Allá venía. Una maniobra brusca para
estacionar y ¡Crash!” La camioneta se estrelló contra un poste de la vereda.
En un segundo, un grupo de curiosos la
rodeo. Entre ellos el perrero.
“Lo
primero es lo primero”- se dijo Elena. Bajó, miró la camioneta; vio uno de sus faros roto. No se inmutó. Ante la tranquilidad con que tomó lo que acababa de
pasar, los mirones perdieron interés en el choque y se fueron retirando.
Esta vez Elena llamó al perrero. Le explicó que tenía que
tejer un suéter para un perro de su hijo y que necesitaba tomar las medidas de
alguno similar. El muchacho le dio total libertad de medir lo que quisiera.
Elena se sintió feliz. En medio del grupo, uno pequeño, casi escondido entre
los demás, fue sometido a una medición nada precisa. La palma de la mano fue deslizándose por todos los rincones del
perro para calcular los puntos que debía tejer. Después de las primeras
exploraciones el perro se cansó y un ligero gruñido avisó a Elena que debía
apurarse en terminar las investigaciones. ¡Justo a tiempo! Mientras calculaba
dónde debía terminar la parte inferior para que no se humedeciera nuevamente;
el animal, nada dispuesto a que le tocaran sus intimidades, dirigió un amplio
mordisco a la tejedora que logró escabullir la agresión casi en el límite. Temblando, se retiró del animal que le
ladraba violentamente. Agradeció mientras se retiraba con rapidez. Llegó hasta
la camioneta escuchando como los ladridos se habían contagiado al grupo de
perros que la despedían furiosamente, todos al mismo tiempo. No quiso imaginar
lo que estaría pensando el perrero de
ella.
Finalmente tenía las medidas (aproximadas).
En cuanto llegó a la casa abrió la bolsa donde había puesto el suéter
del perro. Un vaho desagradable atacó su olfato. Evidentemente debía lavar la
lana. “Todo sale al revés. Ya me estoy hartando”- pensó Elena.
Lavó el tejido, lo deshizo comprobando que el haberlo hecho a rayas
multicolores complicaba el desarmado. Tuvo ganas de tirar todo a la basura.
Recordó lo que le había costado la lana y decidió que no le iba a ganar un
suéter de perro. Esta vez, con menos apuro, volvió a tejer la prenda. El hijo
ya había regresado a su casa del interior. Esperaría que volviera para
entregarle el abrigo del animal.
Los días pasaron y, por circunstancias diversas, el hijo no regresó
hasta dos meses más tarde. En cuanto Elena supo que había regresado fue a
verlo. Esta vez debía estar todo bien.
Hasta el gorro del hijo, que no había tenido que destejer, le gustaba más que
antes. Con el paquete en la mano tocó el timbre. Escuchó un ladrido ronco y
fuerte. Elena palideció. La puerta se abrió un poco, mostrando una cadena que
impedía mayor abertura.
- ¡Hola, mamá! Esperá que encierro al perro. Cuando no conoce es
bravo y te puede morder.
Elena alcanzó a ver los colmillos del que había dejado de ser
cachorro; pintando ya como un gran Manto Negro. Antes de que el hijo regresara
se acercó al incinerador y arrojó el paquete.
-¿Viste como creció el perro? Menos mal que no le tejiste el saco. Con
el pelaje que tiene no lo necesita.
Elena cambió de tema. Ese día se jubiló definitivamente de tejedora.
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